El 9 de Mayo de 2014 eran ya las últimas semanas de trabajo en Querétaro, después del secuestro que había sufrido el presidente de la compañía mi situación era incierta.
El rumbo de la empresa estaba a cargo de su esposa quien no daba una con las negociaciones del gobierno del estado, así como los posibles inversionistas Pakistaníes que deseaban instalar la planta de automóviles en la ciudad de Silao, donde se encontraba la vieja planta abandonada de General Motors.
Había pasado ya casi dos semanas desde el último ataque del ERB (Ejercito Revolucionario del Bajío) al palacio de gobierno en la Plaza de los Perros. Después de comer en la fonda de Doña Rosita era mi costumbre bajar a las tienditas cercanas a comprar un dulce como postre o bien un cigarro suelto para degustar la comida.
Las vallas de seguridad habían sido quitadas y el paso libre de peatones estaba de nuevo, aunque el ejército mantenía las trincheras en puntos estratégicos del centro histórico.
Me encontraba revisando los encabezados de los diarios en el puesto de revista, mientras disfrutaba de un cigarro Raleigh, cuando sentí en mi hombro derecho que alguien se acercaba de más al grado de sentir la incomodidad de un roce en mi espalda.
Voltee y ¡No lo podía creer! era el Hermano Gaeta. Lo sorpresa de verlo se aunaba a que lo veía muy joven, extremadamente joven de cuando lo conocí en León veinte años atrás. Rápidamente realizaba mis cuentas mentales y si mis cálculos no fallan tendría que estar cercano a los 90 años, pero su aspecto era de alguien de 50 años.

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